Las sombras vienen de noche


Las sombras vienen de noche.
Cuando no hay luz que las ilumine.
Cuando en la soledad de mi cama,
sólo a ellas escucho en el ensordecedor silencio.

Están en el crujido de la madera.
En el gato que araña mi puerta.
Están en todos lados.
Y, a la vez, no están.

Las sombras vienen de noche.
Siento como recorren mi cuerpo.
Las siento dentro.
Inundan mi pecho y me ahogan.

Son mis sombras.
Son las sombras de mi familia.
Son las sombras de mi tierra.
Son las sombras de la humanidad y el universo.

Las sombras vienen de noche.
Me escondo bajo las mantas para no oírlas.
Las siento a los pies del cabezal de mi cama,
como un tormento de Rosalía.

Con ellas he crecido.
Con ellas me hago pequeña.
El tiempo para ellas no existe,
mientras yo en él me muero.

Las sombras vienen de noche.
Cuando llega el día se esconden.
Pero siempre están ahí.
Porque no hay luz sin sombra. Ni sombra sin luz.

Mis sombras tienen voces mudas.
Hablan lenguas que sólo yo puedo entender.
Me susurran en el barullo.
Me gritan en el silencio.

Las sombras vienen de noche.
Y, cada mañana,
le hablo a mis sombras como el sol a la luna:
“tu presencia me quita la vida que tu ausencia me da”.

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